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Un nuevo TRAJE para el ARQUITECTO

¿Qué pasaría si vistiéramos lo que somos?….demasiado filosóficamente inexacto. Reformulo la pregunta ¿qué pasaría si vistiéramos lo que hacemos?

Pasar de cambiar de traje una vez al día, como solemos, a una vez a la hora, una vez al mes, una vez al año o una vez en la vida. Proponer un mundo en el que cada uno nos enfundásemos un uniforme en función de nuestro quehacer. En el que nuestro traje se convirtiera en nuestro propio despacho. Un espacio irreal que protegiera nuestros cuerpos con herramientas, útiles y otros elementos. Envolventes en los que los textiles son sustituidos por la materialización de atributos conceptuales del oficio….

Pero entonces… ¿qué pasaría con el arquitecto?. ¿Habría de sustituir sus calzas de triglifo, las cuales hacen juego con su corpiño de volutas jónicas?. Escuadra en mano, el arquitecto se resiste, quiere mantener su característica vestimenta. ¿Y si le adherimos unas cartas para convertirlo en fabricante de naipes? Solapando, una a una, cada unidad de la baraja nos quedaría una bonita estampa de escamas coloreadas. ¿Y si lo llenamos de flores? Incómodo se me hace tal atuendo, siempre con un cesto en la cintura y pétalos recogiendo. No tanto como convertirlo en reparador de fuentes, quien estáticamente permanece en un parque urbano con palomas pululando. ¿En panadero entonces? ¿para que haga lindos y sabrosos panes?. Ya me lo imagino haciendo tartas barrocas y clasicistas que rivalizan con magdalenas modernistas y posmodernas…No, el arquitecto engordaría. Por los franceses llamado fripier, encontramos como opción al trapero. Mitad hombre, mitad mujer, ¡menuda confusión! ¡asimetría no!.

Pero…al arquitecto lo que se le da bien es proyectar, ¿no? y diseñar, ¿no? y construir, ¿no?. Ahora que no hay edificios ¿por qué no hacer lo mismo con los trajes? Sustituimos su escuadra por la tijera y sus inconfortables ropajes de piedra por una mesa llena de planos. Planos que se llaman patrones y que juntos configurarán una prenda. Continuación de la bidimensión a la tridimensionalidad arquitectónica.

El arquitecto ha cambiado su traje, pero sigue diseñando, proyectando y construyendo artificiales pieles corporales. Lo hemos convertido en arquicosturero, pero podría ser arquicartero, arquiflorero, arquifontanero, arquipanadero, arquitrapero y tantas otras arquiprofesiones que nos presentan las pregnantes imágenes de Jean Bérain (s.XVII) y Jacques-Louis David (s.XVIII). Un mundo de fantasía en el que, incluso, el arquitecto puede seguir siéndolo.

Vestido de un arquitecto. Jean BérainVestido de un cartero. David Vestido de un florista. David Vestido de un fontanero. David Vestido de un panadero. David Vestido de un trapero. DavidVestido de un sastre. David

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